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Por si alguien no lo había leído

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•    elpais.com
•    Edición impresa
•    FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA
•    05-03-2010
Perdonen si empiezo con una confidencia personal: yo, que soy contrario a los toros, entiendo de toros. Durante años, cuando me recogieron en Zaragoza durante la posguerra, traté casi diariamente con don Celestino Martín, que era el empresario de la plaza. Eso me permitió conocer a los grandes de la época: Jaime Noain, El Estudiante, Rafaelillo, Nicanor Villalta. Me permitió conocer también, a mi pesar, el mundo del toro: las palizas con sacos de arena al animal prisionero para quebrantarlo, los largos ayunos sustituidos poco antes de la fiesta por una comida excesiva para que el toro se sintiera cansado, la técnica de hacerle dar con la capa varias vueltas al ruedo para agotarlo... Si algún lector va a la plaza, le ruego observe el agotamiento del animal y cómo respira. Y eso antes de empezar.

Vi las puyas, las tuve en la mano, las sentí. El que pague por ver cómo a un ser vivo y noble le clavan eso debería pedir perdón a su conciencia y pedir perdón a Dios. ¿Quién es capaz de decir que eso no destroza? ¿Quién es capaz de decir que eso no causa dolor? Pero, claro, el torero, es decir, el artista necesita protegerse. La pica le rompe al toro los músculos del cuello, y a partir de entonces el animal no puede girar la cabeza y sólo logra embestir de frente. Así el famoso sabe por dónde van a pasar los cuernos y arrimarse después como un héroe, manchándose con la sangre del lomo del animal a mayor gloria de su valentía y su arte. Me di cuenta, en mi ingenuidad de muchacho (los ingenuos ven la verdad), de que el toro era el único inocente que había en la plaza, que sólo buscaba una salida al ruedo del suplicio, tanto que a veces, en su desesperación, se lanzaba al tendido. Lo vi sufrir estocadas y estocadas, porque casi nunca se le mata a la primera, y ha quedado en mi memoria un pobre toro gimiendo en el centro de la plaza, con el estoque a medio clavar, pidiendo una piedad inútil. ¡El animal estaba pidiendo piedad...! Eso ha quedado en la memoria secreta que todos tenemos, mi memoria del llanto. Y en esa memoria del llanto está el horror de las banderillas negras. A un pobre animal manso le clavaron esas varas con explosivos que le hacían saltar a pedazos la carne. Y la gente pagaba por verlo. El que acude a la plaza debería hacer uso de ese sentido de la igualdad que todos tenemos y darse cuenta de que va a ver un juego de muerte y tortura con un solo perdedor: el animal. El peligro del toreo, además de inmoral como espectáculo, es efectista, y si no lo fuera, si encima pagáramos para ver morir a un hombre, faltarían manos y leyes para prohibir la fiesta. Gente docta me dice: te equivocas. Esto es una tradición. Cierto. Pero gente docta me recuerda: teníamos la tradición de quemar vivos a los herejes en la plaza pública, la de ejecutar a garrote ante toda una ciudad, la de la esclavitud, la de la educación a palos. Todas esas tradiciones las hemos ido eliminando a base de leyes, cultura y valores humanos. ¿No habrá una ley para prohibir esa última tortura, por la cual además pagamos? Perdonen a este viejo periodista que aún sabe mirar a los ojos de un animal y no ha perdido la memoria del llanto.

•    Edición impresa
•    RUTH TOLEDANO
•    05-03-2010
En el Parlament los abolicionistas sólo necesitaron una razón: la ética
Torturar así es una salvajada y hacer de ello un espectáculo, una bajeza espiritual y moral
Como el Parlament iba a poner sobre su mesa el debate sobre la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) para prohibir las corridas de toros en Cataluña, nuestro Ayuntamiento, aprovechando que la sangre de Las Ventas tiñe las calles de Madrid, le pone a la Mesa del Toro una concejal y un auditorio para presentar el libro del francés Francis Wolff 50 razones para defender la corrida de toros. En el Parlament, sin embargo, los abolicionistas sólo necesitaron una razón: la ética. Sus intervenciones fueron de tal contundencia argumental que dejaron a la vista la pobreza de los razonamientos taurinos y algún día serán documentos de gran valor para la historia de nuestro "progreso moral", al que apeló el científico Jorge Wagensberg citando a su vez al filósofo José Ferrater Mora, antitaurino y premio Príncipe de Asturias.
Wagensberg, creador y director científico de Fundación La Caixa y Creu de Sant Jordi de la Generalitat, no necesitó 50 respuestas porque lo que mostró fue incontestable: los instrumentos con los que se lleva a cabo en la plaza el martirio de un animal herbívoro, es decir, no depredador y cuyo único afán, en consecuencia, es huir del acoso que sufre, encontrar la salida del coso al que ha sido arrastrado, escapar del pánico que le produce lo que no comprende y regresar al campo del que fue secuestrado ("Entre los seres humanos lo que le ha pasado al toro de lidia es un secuestro": Manuel Vicent). Pero le queda lo peor: puyas que son lanzas que le destrozan músculos en la espalda y en el cuello, que le rompen vasos sanguíneos y nervios, que le abren agujeros por donde luego podrán hundirse las banderillas, que son unos palos terminados en arpones de acero. Todo ello antes de ser atravesado por una espada de 80 centímetros que quiere llegarle al corazón pero que no suele hacerlo a la primera, sino que le atraviesa los pulmones, la pleura, a veces el hígado, y le rompe la arteria aorta, lo que provoca que aquel pacífico herbívoro se encuentre ahora agonizando entre enormes vómitos de sangre, aunque aún aspire con desesperación a sobrevivir a tanto dolor y olvidar ese martirio. Por eso aún intenta mantenerse en pie y encaminarse a la puerta por la que le hicieron entrar, momento en el que lo apuñalan en la nuca con el descabello, otra larga espada que termina en una cuchilla de 10 centímetros. Corpulento y potente, todavía vive, aunque ahora sí cae al suelo, humillado, desgarrado, sanguinolento. Entonces lo rematan con la puntilla, un cuchillo-puñal con el que intentan seccionarle la médula espinal a la altura de las vértebras atlas y axis. No es fácil atinar, por eso el matarife remueve el filo del cuchillo por entre el amasijo de carne, músculos y nervios. El toro ya está paralizado. Morirá por asfixia. Pero, cuando es arrastrado para sacarlo de la arena, sobre la que deja un visible rastro de sangre; después de que, si la faena se considera estética, le hayan cortado una oreja o dos y acaso el rabo, que su verdugo exhibe a los espectadores; cuando ya no queda en él, sin embargo, rastro alguno de esperanza de huida, con la boca entreabierta y la lengua colgando, mutilado, se le ha visto pestañear. Pestañear. Lo ha grabado, junto con todo lo anterior, Alfonso Chillerón, presidente de ANPBA. En el Parlament se relató ese sufrimiento. Torturar así a un animal es una salvajada y hacer de ello un espectáculo, una bajeza espiritual, intelectual y moral. No sirve apelar a la tradición: muchos actos execrables fueron tradiciones muy populares, como las ejecuciones públicas. Lo advirtió el también filósofo Josep M. Terricabras: si algo es condenable, no es que sea lícito prohibir, es que es obligatorio. En cuanto a las dehesas, cuya conservación, sorprendentemente, tanto preocupa ahora a los taurinos, podrían convertirse en parques naturales donde la protección del toro estuviera subvencionada como ahora está su tortura.
Madrid podría aprovechar para subirse al tren de la ética debatida en Barcelona y limpiar esas "bolsas de crueldad", como también las llamó Ferrater Mora. Lejos de ello, el vicepresidente de la Comunidad anuncia su consideración de Bien de Interés Cultural: en la defensa de la violencia sí coinciden nuestras más altas instituciones.

Noraboa

Magnífico artículo, do mellor que lín sobre o tema. Espero que sirva para abrirlle os ollos a quen o necesite.

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