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Las carreteras, un matadero de animales.

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30-12-2010 - (Gallego) Julio Ortega Fraile - La otra noche estaba leyendo en el sofá cuando escuché fuera un golpe seguido de un breve chillido. Salí inmediatamente y a la derecha, en la carretera que pasa frente a mi casa, vi un coche detenido en el arcén cuyo dueño parecía estar examinando la parte delantera del vehículo. Miré entonces hacia la izquierda mientras en mi interior imploraba: “¡No, por favor!” ya que presentía lo que iba a ver y la idea me aterraba. Mi funesta premonición se hizo realidad: allí, yaciendo sobre el asfalto, estaba el cuerpecito de un gato. Fui corriendo hasta él sabiendo que iba a reconocerlo. Y así fue: aquella criatura inmóvil de cuya boca brotaba sangre era Vulpi, una preciosa gatita a la que todos los días alimentaba y que sólo unas horas antes había estado jugando, como solía hacer, con una de sus crías que vive conmigo. Era muy extraño que se alejase de casa y normalmente permanecía en la puerta o subida al alfeizar de las ventanas, pero aquella noche quiso aventurarse un poco más y maldita la hora en la que lo hizo. No puedo apartar su imagen, un rato antes, mirándome a través del cristal, ¡cómo saber que era la última vez que la vería con vida! Esta misma semana tenía previsto llevarla a esterilizar. Ya no es necesario. No volverá a maullar pidiéndome comida ni a cruzarse entre mis piernas, tampoco perseguirá nunca más a su cachorro. Está muerta.

No sé si Vulpi se le cruzó a ese conductor sin que él pudiera hacer nada por esquivarla, pero de lo que sí estoy seguro es que no se le ocurrió acercarse al animal por si todavía permanecía con vida para llevarlo a un veterinario de urgencia. Su única preocupación era averiguar si a su coche se le había abollado el parachoques. Y sé algo más: que en esta carretera, cuya limitación es de 50 Km/h., los vehículos, sobre todo de noche, pasan en su mayoría a más del doble de esa velocidad. Son pocos los que frenan en los pasos de cebra aunque vean a un peatón con intención de cruzar. Cansado como estoy desde hace tiempo de contar cadáveres de animales e intuyendo que antes o después contemplaré el de alguna persona, la medida que tomaron desde A Xunta tras meses de enviarles reiteradas cartas denunciando la situación, fue instalar justo delante de mi vivienda una banda reductora de velocidad con un alzado tan ridículo, que los coches pasan sobre ella embalados sin apenas notarla. Lo hicieron simplemente para que les dejase en paz, pues así me lo han hecho saber – eso sí, con muy buenas palabras - al expresarles mi disconformidad ante una actuación con mucho de paripé y prácticamente nada de efectividad.

Cerca de donde vivo hay una vía rápida en la que un día sí y otro también mueren animales atropellados. Habrá sin duda víctimas de otras especies que desconozco, pero tengo constancia de al menos las siguientes: perros, gatos, zorros, jabalíes, caballos, erizos y lechuzas. Hace varios meses, mientras iba por esa carretera, vi a un cocker deambulando desorientado justo por el centro de la misma; los automovilistas que circulaban en ambos sentidos lo esquivaban pero ninguno de ellos se detenía para cogerlo. Hoy, por fortuna para él y después de pasarle tan cerca la muerte, está en un hogar de adopción donde le cuidan y le quieren. ¿Tan complicado es “perder” unos minutos y sacar al perro de un lugar del que no tiene la menor oportunidad de salir indemne por si mismo?

No hace mucho y en otra carretera de la zona vi a lo lejos algo negro en la mitad de mi carril. Delante del mío iba un coche que al llegar al lugar no frenó, ni tan siquiera se apartó, le pasó por encima aunque no llegó a tocarle con ninguna rueda. Ese conductor tuvo que darse cuenta, al igual que lo hice yo, de que aquel “bulto” oscuro era un gato al que acababan de atropellar y que todavía estaba vivo. ¿Qué clase de persona es capaz de transitar con su vehículo sobre un animal herido? ¿Y cuál de llevárselo por delante sin detenerse a ayudarlo y seguir su camino como si nada hubiera ocurrido? Hay que ser muy rastrero para mostrar una conducta tan ruin. La fotografía de un galgo que aparece en este texto tumbado sobre una camilla metálica, es la de un perro que tras ser arrollado permaneció abandonado en ese estado durante mucho tiempo, que fue visto por cientos de personas que pasaron a su lado sin conmoverse, hasta que al fin una se detuvo, lo recogió, le procuró asistencia y a día de hoy el animal está recuperado y adoptado. La mayoría no tienen esa “suerte” y mueren solos después de horas de sufrimiento.

Estoy convencido de que la mayoría de la gente trata de esquivar a una criatura que cruce de pronto la carretera, y que algunos – no tantos como los anteriores – extreman la precaución cuando la ven por el arcén, pues a nadie se le escapa lo imprevisible de sus movimientos. Pero existe un buen grupo de personas cuya reacción al volante depende exclusivamente del tamaño del animal, y cómo es un cálculo muy fácil y rápido de realizar, el frenar o desviarse es un acto que realizan en función de que atropellarlo les pueda acarrear o no desperfectos en el coche. Por ese motivo, todos paran si tienen tiempo para ello ante un caballo, pero unos cuantos no se detienen o desvían si se trata de un gato y pocos, muy pocos, lo hacen cuando es un desdichado erizo el que atraviesa lentamente el asfalto.

Sé que a veces los accidentes son inevitables, de otro modo no habría peatones que mueren por cruzar de un modo imprudente. Y también me consta que los atropellos de animales en ocasiones le cuestan la vida al conductor. Sin embargo, detrás de estos sucesos imposibles de eludir por el que se ve involucrado en ellos, está a menudo una actitud negligente por parte de la Administración, ya que tal tipo de siniestros mortales suelen tener lugar en vías de alta velocidad en las que, para evitar estas tragedias precisamente, deberían de existir pasos de fauna y cierres adecuados en los márgenes que impidan la irrupción de animales, unos seres a los que no se les puede exigir que sean conscientes del peligro ni que conozcan el código de circulación, pero sí a los hombres cuyo trabajo es responsabilizarse de una gestión eficaz de esas infraestructuras.

¿Cuántas carreteras cumplen la normativa en lo que a la protección del hábitat se refiere?, y más teniendo en cuenta que la obra casi siempre significa una alteración de un entorno natural con categoría de ecosistema. Es común que no se habiliten zonas de paso para los animales adaptadas a las especies de la zona, o que si se construyen estén mal diseñadas o impracticables. También es muy normal encontrarse con que los cerramientos laterales de la vía presentan vanos o roturas por las que caben incluso ejemplares de gran tamaño. Esta falta de previsión, de idoneidad y de mantenimiento, tiene como consecuencia la muerte de millones de animales y de docenas de seres humanos cada año.

La estremecedora estampa de cuerpos pudriéndose al borde la carretera podría minimizarse y mucho luchando contra algunos factores externos al tráfico, como el abandono, la cría de mascotas para su venta o la esterilización, y otros inherentes al mismo, tal es un vallado adecuado en las vías que lo precisen, los pasos de fauna efectivos y en lo que a los conductores se refiere, mayor respeto por los límites de velocidad, frenar si hay tiempo y espacio para ello cuando vemos a un animal cruzando, sea cual sea su especie o tamaño, o extremar el cuidado si observamos que camina por el arcén, exactamente igual que lo haríamos si en vez de un perro fuese un niño.

Si a pesar de todo lo anterior, sobreviene la desgracia y no podemos evitar el atropello, hay que tener la sensibilidad, la generosidad y el coraje de detenerse y bajarse del coche, pero no para comprobar si hay un arañazo en la chapa, sino para ver si todavía es posible salvar a ese gato que tal vez, lo único que tiene es una patita fracturada y por lo tanto podría curarse y seguir viviendo. Pero si lo abandonamos allí tirado vendrá otro coche que le aplaste el rabo, y detrás uno más que le rompa la cadera… y así, su agonía se prolongará hasta que algún conductor, que tampoco se parará, pase con su rueda por encima de la cabeza del animal reventándosela contra el asfalto.

Y si tienen miedo de que esa pobre criatura herida les manche de sangre la tapicería de su flamante vehículo, pónganle debajo unos periódicos o un plástico. O si no quieren gastarse unos euros en el veterinario, llamen a la protectora más cercana que a buen seguro, en esa situación no van a dejar al animal abandonado a su fatal suerte. Soluciones a sus remilgos o impedimentos materiales existen, si las quieren buscar, por supuesto, porque para lo que no hay remedio es para el egoísmo y la dureza de corazón. Y miserable, muy miserable hay que ser para pasar por encima de un ser vivo y continuar sin mirar atrás. Los otros, aquellos que atropellan pudiendo evitarlo, son simplemente unos criminales.

Julio Ortega Fraile-3-