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La representatividad de los representantes

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25-04-2011 - (Gallego) Un actual objeto de debate son las causas por las cuales en política, y en otros colectivos como las comunidades de vecinos, donde se eligen representantes por votación, tantos aventureros, embaucadores, tramposos, estafadores, etc. llegan a ocupar esos cargos derivados del voto popular, cuando se supone que, en toda comunidad, aún quedan personas serias, honestas y capaces que, a poco que se esfuercen y aunque echaran mano solo de su buena voluntad y de su honestidad, administrarían ese ayuntamiento o esa comunidad mucho mejor y con mejores resultados que el oportunista y corrupto que suele ocupar el cargo.

La primera hipótesis es que la gente, en general, suele apoyar a quienes muestran una buena imagen de si mismos a través de las formas en que se relacionan con los posibles votantes. En otras palabras, que para alcanzar ciertas metas en la representación popular son más importantes las formas que el fondo y que una persona, por muy capaz y honesta que sea, tiene pocas posibilidades de alcanzar el voto del colectivo si sus “formas” no son las adecuadas.

De tal manera que ese colectivo preferirá apoyar a quien muestre mejores formas, o mejores “maneras”, en el trato, a quien les da siempre la razón, etc. aunque esté votando a un auténtico impresentable.

Es evidente que esto ya explica cual debe ser la principal cualidad de cualquier estafador si pretende obtener éxito en su actividad de embaucar, engañar y timar a alguien. Cualidad que no es otra que el don de gentes, la buena presentación, inspirar confianza aunque sea deshonesto, ser buen hablador y convincente, lo cual, como se ha demostrado a lo largo de los años, efectivamente es lo que funciona en éstos casos. Mientras que una persona honesta y por muy buenas intenciones que tenga, difícilmente convencerá a alguien, si solo es sincero, si a veces tiene que discrepar del ciudadano, si sus modales, sus palabras o su comportamiento no son los  considerados “socialmente” correctos.

Podemos deducir pues que la superficialidad del pueblo y de la gente, cuanto a los méritos que buscan en sus futuros representantes, es la causa primera de que acabemos escaldados cuando ciertos individuos alcanzan el poder por medio del voto popular. El dar más importancia a la apariencia, y a “las formas” que al “fondo”, ignorar los valores éticos y morales que se pueden esconder tras una vestimenta relajada, un carácter serio o incluso huraño, o unas formas en el trato poco convencionales. Efectivamente la gente acaba estafada porque fue frívola, poco seria y atendió más a la apariencia que a lo fundamental.

Cabe plantearse pues la cuestión de que las personas serias, pero carentes de eso que solemos llamar “don de gentes”, deberían procurar mejorar su imagen al objeto de hacer más efectivas sus intenciones altruistas.

No parece probable que alguien con principios piense que debe mudar algo en su comportamiento, sea el que sea y caiga todo lo mal que pueda caer a los demás. Y se entiende por “los demás” esas personas que ven lo superficial y no reparan en el fondo. Parece más lógico pensar que, en su opinión, quienes deberían cambiara su comportamiento y su regla de medir a los demás son los otros. Son ellas las que se equivocan y sufren las consecuencias por no reparar en los valores fundamentales y si en la conversación, la sonrisa falsa, la buena ropa o los modales que ocultan la insidia.

Como resultado de este tipo de juicios hacia los demás, de ésta falta de profundidad en la apreciación de los individuos que un día tendrán nuestro futuro en sus manos, es por lo que dichas gentes y colectivos acaban en manos de políticos y de representantes embaucadores y tramposos que los acaban estafando. Es decir, acaban teniendo como representantes a quienes se merecen, representantes que se los han ganado a pulso por juzgar a la ligera y por valorar más la apariencia que los valores.

En muchas ocasiones, y en nuestro país, se le niega el apoyo intencionalmente a la persona que se considera más honesta y capacitada, porque, sobre todo en elecciones municipales, se prefiere entregar el voto al “amiguete” deshonesto que promete llevar a cabo una trampa para beneficiar al paisano, colocar a un familiar o resolverle algún problemilla al margen de los tramites normales.

Sin duda también existen individuos con capacidad para administrar adecuadamente y con eficacia lo público y al mismo tiempo están dotados de ese “don de gentes” necesario para conseguir la preferencia de las mayorías.El problema radica en saber si, esas personas que gozan de ambas cualidades, están dispuestas a utilizarlas para beneficiar a un colectivo que, ellos saben de sobra, no tiene en cuenta valores fundamentales, es individualista, se deja llevar por la demagogia, muchas veces se trata de colectivos egoístas, básicamente deshonestos, que no dudan en engañar al vecino para beneficiarse ellos, que condicionan su voto a conseguir alguna prebenda, etc.

Como ejemplos, el vecino que pide al futuro alcalde un “empleo” para un familiar al margen de la normativa, un colectivo de trabajadores que, a la vista de otro que goza de ciertos derechos laborales, no reivindica para ellos las mismas condiciones y prefieren que se las quiten a los otros, el demandante de un empleo público que,  una vez instalado, deja de trabajar y se dedica a la holganza, de la masa humana que enseguida está dispuesta a crucificar a un colectivo solo porque gozan de unas condiciones de trabajo dignas y pretenden que se les rebajen las condiciones a las que ellos padecen,…

Ante este tipo de comportamientos, la persona capaz, con don de gentes y carente de excesivos escrúpulos, va a utilizar sus dotes para beneficiarse de esas gentes, que ellos consideran mezquinas, y de manera alguna se va esforzar ni utilizar sus capacidades para ayudar a ese colectivo. Más bien lo despreciará.

Llegará a ser, posiblemente, un político que alcance altas cuotas en la casta y en el sistema, que utilizará sus dotes para beneficio propio y de los poderosos que le pagarán por dichos servicios, en lugar de malgastarlos en ayudar a una ciudadanía que ni se lo va agradecer, ni reconocer y que, llegado el caso, ellos saben que esos ciudadanos amorales no dudarán en pisotearlo para beneficiarse ellos. Tenemos buenos ejemplos en España.

Todos conocemos personajes que han pasado de posturas progresistas y de ser defensores de lo público y de una sociedad más justa, a defender todo lo contrario.

La posible explicación de tales cambios podría estar en la mezquindad de una gran parte de la sociedad. Las mismas razones que justificarían la hipótesis de que cada país tiene el gobierno que se merece, no solo porque esos gobiernos sean rehén de los poderosos, sino porque la moralidad de la gente propicia las tácticas que van a recortar los derechos de la ciudadanía y su explotación por las clases, social y económicamente, más altas.