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Las plagas del rural

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21-02-2011 - (Gallego) Asfaltado de pistas, vertederos ilegales, escombreras, basura en las fincas y en los montes, uso indiscriminado de venenos y productos químicos, áreas recreativas, parques industriales, plantas de residuos, tratamiento de lodos fecales, etc. Habitantes del rural y administraciones que atentan contra la conservación del medio ambiente. Unos por desconocimiento, costumbres perniciosas y mal uso de las tecnologías,  otros por corrupción, desidia e incompetencia.

Lejos de resolver problemas ancestrales y de primera necesidad del rural, cada día aparecen nuevos inventos que agravan los  ya existentes y constituyen iniciativas donde se está al oportunismo y se olvida el interés general.

Asistimos atónitos al hecho de que la red fluvial de Galicia se halla completamente contaminada, por la simple razón de que el “saneamiento” del rural consiste en verter las heces y aguas residuales a unas fosas sépticas ineficaces, que nunca son vaciadas y que vierten su nauseabundo contenido en los mismos orígenes de cada río, contaminándolo hasta la propia desembocadura.

Algo inaudito, un asunto que debería ser castigado en el código penal, es práctica normal por parte de las administraciones.

Un invento nuevo, sorprendente y que deslumbra a los paisanos, son esas “redes de alcantarillado” que, cual inventos milagrosos, ellos creen que hacen “desaparecer”, por arte de magia, la porquería, cuando en realidad ésta es vaciada, de nuevo, a pocos metros de sus casas, pero que incentiva el derroche de agua potable y el uso de detergentes.

Una política de saneamiento, posiblemente basada en otro tipo de intereses, que ha inundado los pueblos de este tipo de instalaciones sin antes concienciar a la población de que, lo que ellos arrojan por los desagües y por los retretes, acaba saliendo al final de las tuberías y vertiéndose en el, en otros tiempos cristalino y pletórico de fauna, regato del pueblo, ahora contaminado, muerto y carente de cualquier tipo de vida.

Hace pocos años, menos de 50, se utilizaba el agua racionalmente, entre otras causas porque había que traerla en calderos desde la fuente o desde el pozo. Con la instalación de agua corriente y sin un  adoctrinamiento previo sobre el uso racional de los recursos, ahora se derrocha más agua de la necesaria, porque basta con girar el grifo para que ésta fluya en abundancia y sin trabajo alguno.

Cuanto a los excrementos, éstos se depositaban en las cuadras de los animales y, junto con el resto de estiércol, era llevado a las fincas para abonar el terreno. En consecuencia ningún tipo de excremento se arrojaba al río y tampoco existían detergentes químicos que acabaran en el mismo lugar. Ahora, por el contrario toda la porquería, excrementos, detergentes, lejías y venenos diversos acaban en el río, sin tratamiento alguno, a través de la red de “alcantarillado”.

Otra práctica que viene agravar el problema del medio ambiente rural es la contaminación por productos químicos.

Para hacerse una idea de la mentalidad que impera en este tipo de asuntos baste decir que la población de las aldeas suele denominar como “remedio” a los venenosos herbicidas, insecticidas, etc. que utiliza en sus fincas y que además son vendidos libremente en todo tipo de comercios, desde viveros hasta ferreterías, sin control alguno y sin exigir el carné oficial de manipulador (otra norma inventada para que nadie la respete ni se haga respetar), que se utilizan al buen criterio del paisano (normalmente pone una dosis muy superior a la necesaria porque, como es “remedio”, cuanto más mejor) quien ni siquiera se da al trabajo de leer las instrucciones (que por cierto vienen en letra minúscula, sobre todo las advertencias de los peligros y precauciones con los envases y lavado de utensilios).

El nombre de “remedio” creemos que es una confusión semántica derivada de la época en que no existía la “química” de manera tan abundante como ahora y los tratamientos para las plagas empezaron con el sulfato de cobre (“remedio” contra el mildeu de la vid) o el azufre para “sanear” las cubas de vino, el ZZ contra el escarabajo, etc. y que se prolonga hasta nuestros días cuando, como dijimos, los más nocivos biocidas son vendidos libremente por analfabetos y "espabilados" tenderos, legos en el asunto, pero que se atreven a “aconsejar” y “recomendar” a los paisanos que acuden a sus “dispensarios”  sobre tan letales productos en busca de un “remedio” para los mas diversos problemas como la cochinilla, el pulgón, las malas hierbas, etc.

También en este caso la “comodidad” del producto listo para ser usado está agudizando el envenenamiento masivo del medio natural ya que, antiguamente, incluso el sulfato para las viñas había que prepararlo diluyendo los cristales en agua y mezclándolo con la cal que también requería una serie de manipulaciones previas.

La tercera fuente de contaminación en el rural podríamos situarla, también, en costumbres tradicionales que se han mezclado con un mal uso de las nuevas tecnologías y productos.

El labrador considera como algo “sucio” y nocivo la proliferación de hierbas (por tradición, ya que eran perjudiciales para las huertas y una huerta con hierbas era síntoma de abandono y poco cuidado, además de que no producía), de manera que tiene verdadera ojeriza  a la hierba en cualquier tipo de lugar que ésta se halle (de hecho vemos como triunfa la demagógica costumbre de los alcaldes populistas de asfaltar o cubrir con hormigón cualquier superficie, enseguida los vecinos aplauden porque ahora “non da traballo” y “da gusto verlo” siempre limpio de hierbas y “maleza”).

En contraste a esta manía que el paisano tiene a la hierba, vemos como “adorna” sus viñas y sus huertas con los más variopintos y diversos tipos de basuras altamente contaminantes como son los plásticos, en forma de bolsas, sacos, recipientes de lejías, botellas, bidones, CD`s, etc. que cuelgan de estacas, árboles, frutales o huertas en un supuesto “remedio” para espantar a las aves, al jabalí, etc. e incluso para “aprovechar” todo tipo de residuo al que no encuentra otra utilidad y siente pena de arrojar a la basura (consecuencia de la arraigada manía de “aprovechar” que explicaremos a continuación) y que en un oculto complejo de Diógenes casi todo labrador gallego posee.

Otra reminiscencia del pasado, cuando no existía la “basura”, ni los envases y todo lo que sobraba se aprovechaba para dar de comer al perro, a los gatos o a los cerdos (si se trataba de restos de alimentos) y los demás restos se llevaban para las fincas en forma de abono, ya que eran productos perfectamente biodegradables a la intemperie. Ahora llevan todo tipo de basuras que no se degradan.

Los artículos traídos de la “ciudad”, resultado de la industrialización y que no se fabricaban en las aldeas con materiales naturales y primarios, se guardaban para un “futuro” aprovechamiento, caso de las latas de sardina, con las que se reforzaba la suela de los zuecos, los brabantes de los cohetes para cordeles de coser zapatos o atar paquetes, las sábanas para vendajes, cables eléctricos y enchufes para no tener que comprar otros en caso de necesidad, etc.

Acostumbrados que estaban a que la naturaleza se encargara de eliminar todos los residuos que no se podían aprovechar, ahora siguen llevando al monte plásticos, envases, botellas de cristal, neumáticos (incluso de tractores) y un sin fin de objetos que tardan milenios en degradarse, alguno de ellos, como los neumáticos, ni siquiera se sabe cuanto tiempo tardan en desaparecer.

En cierto sentido podemos asegurar que tanto los productos químicos como los envases industriales y los plásticos, en combinación con las costumbres y las ancestrales carencias padecidas durante años por el labrador gallego,  han constituido una fuente monstruosa de contaminación del medio rural.

Por fin debemos olvidar la creencia, mayoritaria en las ciudades, de que el aldeano ama a los animales y cuida de la fauna. Nada más lejos de la realidad. El labrador cuida de los animales que le han costado dinero, trabajo o alimento, pero los cuida porque espera sacarles algún tipo de beneficio.

Cuida pues de la vaca que le ayuda a realizar las tareas agrícolas, le da leche, le proporciona un ternero, que vende y al que saca algún dinero para sus gastos. Cuida del cerdo que ha alimentado durante algún tiempo y al que espera matar en el otoño para que su carne sirva de despensa para el resto del año (hoy menos que antes, cuando el cerdo era la única carne que se comía en los pueblos ya que el resto, incluidos los jamones, se vendía para obtener algún dinero), también cuida a las gallinas que le dan huevos y algún pollo para un día matar y comer, las ovejas con el mismo fin o algún conejo que cría (o criaban) en casa para que sirvieran de alimento.

El perro, normalmente atado a una cadena toda la vida, lo tenían, y lo siguen teniendo, para que les guarde la casa y les avise de cualquier desconocido que pasa, también tienen alguno para que les ayude a cazar, pero se limitan a darles las sobras, dejarlo que se muera si se pone enfermo (para no gastar) matarlo si no hace el trabajo que se espera de él e ignorar cualquier tipo de comunicación con un animal noble y fiel que, en muchas ocasiones, sobrepasa a su dueño en sensibilidad e incluso en inteligencia.

La muerte de cualquiera de estos animales (con excepción del perro que había muchos y donde elegir) era una tragedia que se trataba por todos los medios de eivtar, gastando dinero incluso en el veterinario, ya que se perdía el dinero, tiempo, trabajo y alimentación dada al animal que moría y también se perdía el alimento para el año (en el caso del cerdo).

Por el contrario, el resto de animales, sobre todo los silvestres, eran un verdadero enemigo a batir ya que constituían la “competencia” en la explotación de los recursos y se comían el producto del trabajo del labrador. No olvidemos el espantapájaros, un invento del rural que es toda una clase de “filosofía” rustica y de cómo el labrador entiende su relación con el resto de la fauna con la que comparte territorio.

Contra ellos se utilizaban las más crueles y dolorosas trampas y cepos, venenos, etc. con el fin de exterminarlos, totalmente, si fuera posible. La eterna enemistad del labrador con el lobo y el zorro, está mas que documentada a lo largo de los siglos, aunque no son las únicas, ya que no debemos olvidar a los pájaros (como decíamos antes) sobre todo al cuervo, la urraca, el gorrión o en el caso de mamíferos el tejón (se comía el maíz), el conejo y la liebre que se comían la huerta, la donicela que se comía los huevos (según ellos), entre otros.

Resaltar por últimos otras dos costumbres adquiridas en los puebles debido a las facilidades actuales y, una de ellas, a la colaboracion de alcaldes demagogos. Se trata de la orgía de alumbrado público que los paisanos siempre estan prontos a reivindicar cuando, no hace mucho y casi todos ellos aún lo recuerdan, dependían de un tizón para alumbrarse por la noche en los caminos.

Los populares "puntos de luz" que todo aledano exige tener delante de su puerta, contribuye a una enorme contaminación lumínica, emisiones de gases nocivos a la atmósfera y la extinción de espeies, como la luciérnaga, en la actualidad incapaz de hallar a su parcero debido a la inmensa cantidad de luces nocturnas. Esta manía de tener tanta luz a su disposición puede ser debida, por un lado a las carencias recientes y por el otro a gozar de alguna porción del expolio de los bienes públicos a que diariamente asistimos. Se complacen en "llevarse algo" ellos también.

El segundo asunto, con el que finalizamos una relación que no pretendemos exhaustiva, es la adquirida recientemente costumbre de talar robles por el pie. Tradicionalmente se "decotaban" o podaban para que el árbol sigueira proporcionando leña. El envejecimiento de la población, con la consiguiente falta de agilidad para subir a los árboles y podarlos, la falta de descendientes que vivan en el pueblo a los que dejar árboles que les produzcan leña, la abundancia de calefacción por gasoil y las rentas de jubilación que aseguran el futuro, hacen con que se dejen de lado precauciones que antes eran fundamentales para poder cocinar, calentarse y tener luz.

Creemos haber realizado un pequeño resumen de la parte que toca a los habitantes del rural en la contaminación y degradación del medio ambiente, ahora falta la enorme parte que en términos de desinterés, corruptelas, incompetencia y abandono corresponde a las administraciones. Quedará para otra entrega ya que el asunto se ha extendido más allá de  lo que pretendía ser un pequeño artículo que tratara de todo.